Home > Worship Resources > Winning the Worship Wars (Part 1) >
.
Venciendo en las Guerras de Adoración - Parte 1
.
By André Reis

El gran movimiento adventista nació tras los dolores de parto de la desilusión de una entrada  retrasada al cielo. Hace mucho tiempo, en aquellos días fríos de Octubre, los proto-adventistas hallaron en la música el consuelo que necesitaban para seguir adelante. Después de la amarga decepción, cantaron y cantaron acerca del cielo hasta que éste descendió en la forma de una comunidad santificada con otros creyentes. Si no podían llegar pronto allá, estaban decididos a crear el cielo aquí y ahora con la música.

La idea de que el cielo y la tierra se entrelazan era central para el Millerismo y más tarde para el Adventismo del Séptimo Día. En el área de la música, ésto se puede ver en la inclusión del himno Millerista Oh, qué música divina (What Heavenly Music) en el primer himnario Adventista publicado en 1849. No podría haber imaginado el editor del aquél himnario, James White, que la noción de "música celestial" tendría un impacto duradero en la adoración Adventista hasta el final de los tiempos.

Como movimiento apocalíptico que concibe el cielo como una confirmación de su razón de ser, continuamos esforzándonos para conseguir esa escurridiza música celestial. Desde el inicio del adventismo, la elección de la música supuso una cuidadosa selección. La inminencia del juicio que provocó el movimiento siguió influyendo en nuestras prácticas musicales y de adoración. Mientras tanto la himnodia adventista estaba basada en el estilo de los himnos evangélicos del siglo 19, que se cantaba principalmente a cappella o, como mucho, acompañado por el órgano.

Pero esa música celestial no discurriría sin desafíos por los anales del adventismo.

Los adventistas pronto se dieron cuenta de que una visión apocalíptica a menudo resultaba en un culto emocional. Y desde los días de adoración ruidosa de los campestres de Indiana en 1900, el adventismo ha tenido problemas para hacer las paces con la música. Por lo que ocurrió allí, hemos mirado a la música y a los músicos con cierta sospecha. Ha sido una relación de amor-odio.

Hoy escuchamos llamados renovados para lograr una purificación de nuestras prácticas musicales. Este nuevo impulso iconoclasta tiene el mismo aroma que el de aquellos días cuando invertíamos los LPs para encontrar mensajes ocultos satánicos y expulsábamos a los músicos que tocaban tambores y guitarras en la iglesia. Lamentablemente la mayoría de estos llamados aparentemente piadosos están redactados con los mismos enfoques que fracasaron en el pasado.

La razón obvia para el fracaso de estas campañas es que generan más calor que luz. A menudo, los renovadores que piden la abolición de ciertos estilos musicales e instrumentos beben de fuentes de información sesgadas, cuestionables y simplemente falsas acerca de la música. Esto ha sido señalado por muchos académicos en nuestro medio. No obstante las guerras de adoración en cuanto a la música siguen haciendo estragos.

¿Qué hacer?

En esta serie de artículos, voy a ofrecer algunas sugerencias que pueden ayudar a los líderes de la iglesia y los músicos  a navegar las traicioneras aguas de las guerras de adoración en nuestras iglesias. En la Parte 1, vamos a considerar el lugar de la música en la adoración.

Con el fin de abordar esta cuestión, propongo aquí un enfoque reduccionista a la música de la iglesia. ¿Qué significa enfoque reduccionista? Significa reducir a la música a un nivel de menor importancia respecto al que ha tenido hasta ahora, a fin de obtener una perspectiva correcta sobre su papel en la adoración. Durante demasiado tiempo hemos adoptado perspectivas supersticiosas respecto al papel de la música en la adoración y en general. La música ha sido puesta en un pedestal de importancia que nunca debería haber tenido en el culto. Se ha elevado al nivel de un sacrificio que ofrecemos a la deidad con el fin de que nuestro servicio de adoración pueda ser aceptado. Creemos que la calidad de nuestra música gana puntos con Dios. La adoración es aceptada o rechazada en base a la calidad de la música; la adoración de Dios se confunde con la idolatría de la música. Un enfoque reduccionista quita a la música de un lugar inadecuado en la adoración.

¿Por qué la música en el culto puede ser un elemento tanto unificador como divisivo? 
Después de estar a la vanguardia de las guerras de adoración durante mucho tiempo, estoy convencido de que la división que produce la música proviene de nuestras expectativas poco realistas sobre su lugar en la adoración. Nuestras tendencias perfeccionistas en la vida cristiana impregnan incluso nuestras expectativas sobre la música en la adoración. Tal idealismo ha dado a la música una centralidad e importancia en el culto que es único en el adventismo y bastante problemático.

Esta debería ser la primera discusión en las iglesias que están a punto de ser divididas por las guerras de adoración. Antes de entrar en discusiones acerca de qué estilo musical o instrumento es apropiado para la adoración, necesitamos volver a evaluar el lugar de la música en la adoración desde un punto de vista teológico. 

¿Cuál es la función de la música? ¿Por qué - en todo caso - necesitamos la música en la adoración? ¿De qué manera la música contribuye a adorar? Estas son algunas de las preguntas que deben ser abordadas.

Como aperitivo, por ejemplo, podríamos discutir cuán “humana” es la música “sacra”. A pesar de nuestras más altas aspiraciones en cuanto a oír música celestial en nuestros servicios de adoración, el acto de hacer música de este lado del cielo es una actividad orgánica humana. La música es el fruto de la experiencia humana; brota de ella y se disfruta en ella. Utilizamos cuerpos terrenales, instrumentos terrenales y lenguajes terrenales cuando cantamos y hacemos música.

Además, mientras participamos en estas conversaciones preliminares sobre música en la adoración, es imperativo que los que tienen un gran interés en la música y la adoración estén de acuerdo sobre unas premisas muy básicas sobre el culto, la música y el arte en general. En primer lugar, a pesar de nuestros diferentes gustos personales, creo que todos estamos de acuerdo en que el arte, ya sea la música, la poesía, el color, la iluminación, la arquitectura, los edificios, los templos, etc., no deben estar en el centro de la adoración. Estas son herramientas educativas que utilizamos para comunicarnos corporativamente con Dios y con los demás.

Pensemos en el tabernáculo en el desierto. Ese edificio adornado no era el foco de la adoración de los israelitas. Sus diversos elementos y rituales apuntaban a algo trascendente: la presencia de Jehová en medio de ellos. Él albergaba a la shekinah para que pudiera estar con ellos. El tabernáculo no debería ser adorado como un fin en sí mismo, sino que era un medio para lograr un finVeamos también la historia de Nehustán, la serpiente de bronce de Moisés a la que los israelitas quemaron incienso (2 Reyes 18: 4).

Este es un concepto difícil de entender para algunos adoradores. Como intérprete, escritor y profesor de la música a menudo me aplico este enfoque reduccionista. Empiezo por la enseñanza de los rudimentos de la teoría de la música y la historia como una forma de eliminar muchas de las supersticiones que giran en torno a la música de la iglesia. He encontrado que eliminar la música del reino "sobrenatural" y colocarla en la gran corriente de la condición humana es una experiencia liberadora.

Esto no significa en modo alguno que la música no sea importante o que se pueda hacer a la ligera. La música comunica mejor cuando se hace bien. La música mal hecha está más cerca de ruido que de la música; y uno no puede comunicarse bien en el ruido. Y sin embargo, mientras se hace un esfuerzo por alcanzar la excelencia en la música, debemos tenerla siempre en el ámbito del lenguaje para que no asuma los roles que no deberían. Un enfoque reduccionista nos ayudará a abordar la fijación exagerada que muchos de nosotros tenemos con la música.

Con el fin de obtener una perspectiva correcta sobre la música de iglesia, tenemos que dejar de lado puntos de vista que la elevan excesivamente y pasar de la "música celestial" - a un extremo del espectro- a una perspectiva diferente:
 el que ve la música como una herramienta para la comunicación . Como una herramienta para la comunicación, la música adquiere muchas de las cualidades de un idioma. Si vemos la música de esa manera, entonces podemos estar de acuerdo que así como no hay una lengua "preferible" para adorar a Dios, no hay un estilo particular de música que a Dios le gusta más. Del mismo modo que a Él no le gusta el inglés más que al alemán, Dios no prefiere la música medieval más que la música cristiana contemporánea. Dios está más preocupado por si le estamos manteniendo en el centro de la adoración que en la expresión de nuestros gustos musicales.

Así, del mismo modo que usamos el lenguaje para comunicarnos, la música como un lenguaje en el culto está destinada a facilitar la conversación con Dios. Para ilustrar esto, podemos preguntarnos: ¿Qué diferencia conceptual hace si yo digo: "¡ Señor, Tú eres mi Dios", o si yo canto "Señor, Tú eres mi Dios!"? No hay ninguna diferencia para Dios porque en ambos los casos, estoy simplemente adorándole. La diferencia está en el modo de comunicación. En la canción, he cambiado los tonos de mi voz, las sílabas suenan alargadas y tomó más tiempo para decirlo con música. Y si me gusta mucho la canción que estoy cantando, la declaración de la adoración a Dios se ve reforzada por el efecto emocional que los intervalos de la melodía, la armonía, el ritmo de las palabras tienen en mi cerebro. (Más sobre esto en el próximo artículo). Pero en última instancia, decir y cantar algo en la adoración tiene cualitativamente el mismo peso.

En este sentido, un himno o una canción no son más que alternativas a la palabra hablada. Sin duda, una canción ofrece ciertas ventajas desde el aspecto emocional de la comunicación humana, pero estas ventajas se mantienen en el ámbito de la participación del adorador humano en la experiencia, no necesariamente impactan lo divino. Dios mira más allá del arte y va directo al corazón (Amós 5:23). Para él, no hace ninguna diferencia si cantamos o hablamos. La música es un modo alternativo de comunicación con Dios en la adoración. La música es similar al cuadro de una imagen que lleva un mensaje, pero no es el mensaje.

Para ilustrar aún más, podríamos abordar esta cuestión desde un enfoque de historia de la música, al observar los variados estilos clásicos de la música de la iglesia. Podríamos viajar desde el canto gregoriano hasta los motetes franceses pasando por la música de Bach, Händel, Mozart, Beethoven, Mendelssohn y Rutter, por nombrar algunos. Algunos de estos estilos difieren drásticamente de unos a otros; algunos son a cappella, otros utilizan instrumentos únicos, idiomas, armonías, melodías, tonalidades etc. ¿Cuál de estos estilos se deben considerar la música de adoración "preferible"? Diré más sobre esto más adelante, pero por ahora puedo decir que todos estos estilos eran y siguen siendo eficaces en la comunicación del mensaje de las palabras a través de la música.

El punto central de lo mencionado anteriormente es que cuando veamos la música como una herramienta para la comunicación, entonces nuestra preocupación por los estilos musicales, instrumentos, etc., serán secundarios. Una vez que estemos de acuerdo con este principio, los organizadores de la adoración serán capaces de elegir la música para la adoración que mejor comunica lo que necesita ser comunicado sin expectativas poco realistas con respecto a qué música se hace en la adoración. Podremos escoger la música que ayuda a la congregación comunicarse y adorar a Dios.

Quisiera concluir aquí confiando en que os haya dado suficiente tema de reflexión mientras que luchamos para mantener la música del culto en su lugar correcto. La identificación de este problema es el primer paso para ganar las guerras de adoración que actualmente hacen estragos en el adventismo.

En nuestro próximo artículo, reflexionaremos en la forma en la que la música afecta al adorador.